El hombre perro

[…] la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad.

Julio Cortázar

«[…] allí donde fuimos o éramos felices[1]»… Felicidad: palabra curiosa, ¿no? «[…] allí donde fuimos o éramos felices»… Pausa a la canción. Guardo los audífonos. Camino por el andador y la música me desconcentra; bueno, no: me hace pensar demasiado. Lírica y pensamientos no son compatibles. Silencio, eso es lo que necesito… Felicidad, felicidad: se ha quedado grabada en mi cabeza; felicidad… ¿qué chingados es?

Pasos firmes. Un, dos, un, dos: fe-liz, fe-liz. Dos sílabas. Pienso y repienso en ellas: juntas formulan una emoción repleta de sentimientos; ¿cuáles son éstos? Alguna vez lo aprendí en clase ¿o fue en catecismo? Sí, sí, fue ahí: «En los brazos de Dios encontrarás alegría, satisfacción, plenitud: felicidad», escuché alguna vez. Curioso que nunca regresé a la iglesia… ¿habré desaprendido a ser feliz?

Sonrisas, carcajadas, caricias, placer; un beso y un abrazo, un te quiero o un te amo. La visión, escucha, percepción o sentimiento de cada uno altera el alma, mueve capullos y nacen mariposas en el estómago; unas cuantas escapan y se pasean por el organismo. El cuerpo siente el cosquilleo de sus alas y brinca, baila, se retuerce; la voz corrompe el silencio: canta, grita, balbucea… ¿Será suficiente con pensar en todo aquello? ¿Llegará la felicidad como una simple idea? Sigo caminando.

Llego a una glorieta con una fuente. En ella juegan dos pequeñas niñas. Se lanzan la pelota de un lado a otro: sonríen, carcajean, brincan, bailan, gritan, cantan. Tal vez ellas sean felices. Tal vez sigan yendo al catecismo y encuentren cercana la alegría, satisfacción y plenitud de Dios. Aún sin saberlo, claro; ¿qué van a saber un par de infantes sobre el tema? Para ellas son sólo palabras que giran en torno a una: felicidad. Cuatro sílabas: Fe-li… ¿«feli» qué? Felino, Felipe, Feligrés. Pocos son los términos que comienzan así, con esas cuatro letras: dos vocales y dos consonantes; y que no están ligados directamente al concepto de felicidad… Concepto: ahora sí he dado en el clavo; no una palabra, sino un concepto: ¿qué carajos va a significar para un finlandés, ciudadano del país más feliz del mundo, «felicidad»? Él dirá, gritará, cantará: «¡onnellisuus; olen niin iloinen!»; o probablemente otra cosa, pues desconozco el finés y he utilizado el traductor del navegador de mi celular para escribir eso mientras continuo mi andanza.

Oh, demonios… si la felicidad es un concepto, ¿no sería entonces una idea? Regreso a esa otra maldita palabra, idea, como un círculo vicioso donde todo termina siendo eso, una limitada, débil, superficial, relativa idea.

Quizá con otro concepto, con otra idea, pueda la anterior trascender… Veamos: ¿a qué otra cosa atribuiría el brinco, el baile, el canto, el grito, el juego? Libertad. Sí, eso es: sólo siendo libre se es feliz; pero, ¿quiénes son libres? Los caminantes como yo, errantes de un camino muchas veces circular, sin principio ni final, ¿vivirán emancipados? Entre árboles, pájaros, ruidos, conversaciones, juegos, actividades deportivas, ¿habrán vencido al sometimiento? Cada uno esclavo de su realidad: una realidad de otros, moldeada por un exterior asfixiante del que sólo pueden escapar a ratos mientras caminan por el andador, por la avenida, por el parque: espacios ilusorios; lugares de reunión solitaria, con uno mismo; vías de escape para esa… ¡¡idea!!; sí, para esa idea de una libertad-felicidad engañosa.

Pasos firmes. Un, dos, un, dos: fe-liz, fe-liz; las dos sílabas siguen haciendo ruido en mi cabeza, ahora más saturada de pensamiento que cuando la música resonaba en mis oídos. No puedo simplemente olvidar el embrollo que mis divagaciones han colocado ante mí: me tienen cercado con alambre de púas y debo hallar la forma de salir ileso.

Libertad y felicidad… creo haberlo analizado todo al respecto y sigo sin encontrar el balance que las sostenga. Quizá he buscado mal, quizá he forzado la puerta con una llave que no le pertenecía; ¿cómo arreglar el daño provocado a la perilla? Daño, ruptura, dolor, desencanto, desilusión… ¡tristeza! Tristeza, infelicidad; la balanza podría encontrar equilibrio en los antónimos: conociendo la contraparte, los dos bandos, se puede elegir entre uno u otro. Ahora bien, no dejan de ser palabras, conceptos… ¡¡mierda!! (Frustración). Sigo caminando.

Intento distraerme y observo a los perros que pasean junto a sus amos. Aquéllos sí parecen felices. Grandes o chicos, peludos o calvos, los canes mueven sus colas con alegría, explorando cada esquina de banca o el ano de sus semejantes. Ladran y gruñen, pero mantienen esa curvatura en sus bocas que los seres humanos asumimos como sonrisas. Puede que lo sean: tan inocentes, tan ignorantes, tan sumidos en un mundo dentro de otro mundo cuyos problemas les son impropios, irrelevantes…

Resulta inevitable pensar: ¿si fuera yo perro, sería feliz? Estando subordinados, siendo mascotas, parecen paradójicamente encontrar una libertad más plena; no se saben libres ni felices y, sin embargo, lo son: ¿puede que entonces el desconocimiento sea la clave? Mierda… yo que conozco, ¿soy feliz? No sé. ¿Y si me olvido de todo juicio; y si ahora soy un perro? El hombre perro, la siguiente etapa evolutiva de la raza humana: ¡¡aúúúúúúúú!! ¡¡Grrrr!! ¡¡Guau, guau!! Desentenderse de todo para comprender. Percibir al caos como un absurdo olisqueo de ano ajeno. Tal vez eso sea la felicidad.

Suspiro. Un, dos, un, dos. De pronto los pensamientos se han dispersado. Saco los audífonos y pongo otra canción. Sigo caminando.


[1]  Kase, O. 2016. “Basureta (Tiempos raros)”. El Círculo. Rap Solo / Boa Music.

El hombre perro

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