Nadie al balcón

Yo me llamo Nadie, cíclope. Ese es mi nombre y así me llama todo el mundo.

Homero, La Odisea

Otro día tedioso, infame, sin poder ignorar e ignorando al mismo tiempo las palabras y miradas que por la calle, en el trabajo y hasta en la entrada de su hogar le dirigen. Raúl ya no recuerda cuándo fue la última vez que caminó sin esa sensación de ser observado constantemente, juzgado por el olvido de una bragueta sin subir o una barba desaliñada, por andar con un amigo político o una nueva amante. Desde pequeño decidió hacerse actor, y desde entonces las cámaras, plumas y voces no dejan de hablar sobre él: siguen su vida paso a paso, su trayectoria artística; farándula y crítica le son iguales: en ambas aparece su cara, en ambas se habla mierda o maravillas de su trabajo, de su personalidad, de su todo… Todo: el mundo parece conocerle mejor que él mismo.

A las nueve de la noche está de vuelta en su casa, ese espacio dentro del cual cree tener un poco de privacidad. Se dirige a la barra del bar, en una rutina cotidiana que le sucede la elección de una botella al azar: en esta ocasión, whiskey –la predilección del artista, un cliché de antaño para las estrellas–; toma un vaso de vidrio azul, el único restante de un juego de ocho que pieza por pieza fue reduciéndose contra el suelo, reventando al instante en pequeñas astillas cuyo filo le han cortado las patas en numerosas ocasiones; y rellena el hueco de su estómago con cubos de agua fría, muy fría, helada, congelada, que al primer contacto con la bebida color ocre pierden volumen y, como un cuerpo en descomposición, se reducen lentamente, aclarando lo espeso, diluyendo el licor con el líquido antes sólido; luego revuelve el brebaje con su dedo índice, camina hacia el balcón de su departamento, un séptimo piso, abre la puerta corrediza que lo separa del exterior y se sienta a contemplar desde su silla de madera las luces de la ciudad.

Raúl da uno, dos, tres tragos a su bebida: glu, glu, glu. La altura sofoca el ruido de la metrópoli, estrechando las ondas de sonido hacia laxos pitidos de autos, camiones o motos. En esos momentos, efímeros y longevos por igual a causa de los efectos que el alcohol provoca en el organismo, al actor se le da por pensar. Piensa historias, recuerdos, sueños, metas; piensa en familia, mujeres, amistades… Amistades: curiosa denominación para las personas que se toman una cerveza a su lado, que conversan con él, lo felicitan; pero cuya relación adquiere una tendencia de montaña rusa: a veces sube, a veces baja; da giros y provoca gritos, risas, silencios; y cuando acaba el juego, se van. Siempre pueden volver a hacer fila, claro; mas esto dependerá del atractivo: mientras siga siendo algo, mientras siga siendo alguien, las entradas seguirán vendiéndose… Ser alguien ¡carajo, qué difícil es!

Sí, Raúl era alguien que nunca pasaba desapercibido: sus amistades, familia y amantes no eran nadie a su lado. Ellos añoraban su fama y se aprovechaban de ésta: llamadas, favores, invitaciones a fiestas; todas cortesías para simular un estatus ilusorio, dependiente, frágil, que en cualquier momento podría venirse abajo… “¡Carajo, qué difícil es!”, piensa nuevamente; sí, la fama lo consumía: encuentros sin valor, sentimientos enajenantes de relaciones “verdaderas”, sin intereses de por medio. Desde que tiene memoria quiso ser un alguien, dejar su nombre en la Historia, ser invitado a todo, ser admirado por todos; sin embargo, ahora que se encontraba en la cúspide no encontraba sentido alguno; llegar a la cima implicaba preguntarse: ¿y ahora qué? Nunca lo previó. Nunca pensó que ser alguien significaría perder algo. Pero… pero él lo tenía todo: dinero, demasiado dinero; trabajo, ¡los papeles que él quisiera!; sexo, mucho, mucho sexo; y si lo tenía todo, ¿qué había perdido?

Raúl se levantó de su silla y buscó la cajetilla de cigarros en su bolsillo derecho del pantalón; sacó uno y lo encendió. Apoyado en el barandal, comenzó a fumar. Sintió el recorrido del humo, cómo entraba por su boca y rozaba la faringe para en seguida pasar por la laringe, tráquea, pulmón, bronquios, bronquiolos, alveolos pulmonares; calentando la garganta, ensanchando por todo el pecho la tibia sensación de respirar fuego. Observó su exhalación con olor a tabaco; luego bajó la mirada a la avenida: personas iban de un lado a otro, pequeñas como hormigas, indiferentes unas de otras, sin cámaras persiguiéndolas, sin ojos prejuiciosos atentos a cada movimiento, a cada respiración, a cada cigarrillo: libres, ¡libres, chingada madre! O al menos desconocidos: ¿quiénes eran? ¿Tendrían nombre? ¡Por supuesto que tenían nombre!; sólo para un reducido número de personas, claro: para el resto no eran nadie. Para él no eran nadie. Y esa nada, esos nadies, esa libertad…

“Ser nadie”, pensó. “Ser nadie para nadie y para todos”; la idea empezó a sonar bastante atractiva. Su cabeza, su mente, su consciencia entera; todo en él coqueteaba con dicha idea: volverse nadie, pasear por la ciudad como si nada importara, como si a absolutamente nadie le exaltara su presencia y que, por el contrario, la ignorara, le dirigiera si acaso una mirada de repudio por la fugaz molestia que algún grito, flatulencia, eructo, tropezón o empujón le ocasionara su persona a otra, a otro nadie.

Raúl se imaginó formando parte de esa tribu de personas desconocidas, conviviendo o sólo viviendo en un mismo espacio, empero con distintas realidades donde los alguien son mínimos y los nadies demasiados. Se imaginó libre y, tal vez, feliz; porque no, la fama no le otorgaba satisfacción ni felicidad; el resultado de su trabajo, sí: al fin y al cabo le apasionaba lo que hacía, mas no poder separar su vida laboral de la privada, comiéndose la primera a la segunda, terminaba por formular un dilema que inmediatamente le generó una jaqueca tremenda, horrible, espantosa, que cortaba todo romance con las ideas que había venido haciéndose: ¿en verdad podía llevar la vida que tenía siendo nadie? No sabía, carajo, no sabía; al menos hasta ese punto de su existencia, ahí, en ese preciso instante, observando luces y personas-hormiga, escuchando pitidos, murmullos de sonidos indistintos, apoyado en el balcón de un séptimo piso; ahí, mientras repasaba todo eso, probablemente era ya demasiado tarde.

“Ser nadie”, pensó nuevamente… ¿de verdad era demasiado tarde? Quizá sí; un sí desganado, con sabor a whiskey, con olor a tabaco… o quizá no: podría huir, esconderse, fingir su muerte… Muerte: tras esta todo se vuelve nada, todos se vuelven nadie; ¿qué importaría figurar en la Historia a un cuerpo hecho polvo? ¿Quién invitaría a un espectro intangible, inaudible, inmutable?

“Dichosos quienes pueden ser nadie estando vivos”, se dijo. Dio un largo trago a su bebida hasta vaciarla. Harto de sus reflexiones, puso rumbo al interior de su departamento, se sirvió un vaso con agua, dirigió sus pasos a la recámara y se echó a dormir.

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